Biografía de Francisco Pizarro

Francisco Pizarro

Francisco Pizarro

Francisco Pizarro: Nació en Trujillo en 1479 y murió en Lima (Perú) en 1541. Adelantado mayor del Perú, conquistador y gobernador de este vastísimo imperio americano. Caballero de la Orden de Santiago y Marqués [de la Conquista] por concesión de Carlos I. Era hijo natural del capitán de los tercios españoles Gonzalo Pizarro, llamado “El Largo o El Romano“, que luchó en Granada, en Italia con el Gran Capitán y murió en el sitio de Amaya (Navarra). Con 20 años de edad se alistó en los tercios españoles que luchaban en Italia y en 1502, tras su regreso a España, embarcó junto a fray Nicolás de Ovando, que partía como gobernador a la isla de La Española, iniciando así su relación con América. En 1509 se incorporó al grupo de Alonso de Ojeda que se disponía a poblar en Tierra Firme y participó en la fundación de las villas de San Sebastián y de Santa María la Antigua del Darién.
A la llegada a América de Núñez de Balboa, que se hizo proclamar alcalde mayor de la ciudad, expulsando a Enciso y a Nicuesa por procedimientos poco claros, Pizarro se unió al grupo de su paisano extremeño participando en todas las aventuras y exploraciones de aquel, hasta el descubrimiento del Mar del Sur en 1513, en cuyo transcurso el cacique Comagre entregó a los españoles de Balboa un espléndido botín de 70.000 pesos de oro, que se repartieron entre ellos y les dio noticias del riquísimo imperio que se extendía al otro lado de aquel mar.

El rey Católico y el Consejo de las Indias habían determinado nombrar gobernador de la Nueva Andalucía —o de Castilla del Oro, como se decía en las crónicas—, al recio e intransigente Pedro Arias de Avila (Pedrarias Dávila), que llegó acompañado de fray Juan de Quevedo, franciscano, primer y único obispo de la diócesis de Santa María de la Antigua, con otros clérigos y soldados entre los que estaba Hernando de Luque, copartícipe y socio de Pizarro en la posterior conquista del Perú.

En el procesamiento y condena de Vasco Núñez de Balboa (enero de 1519), Francisco Pizarro se mantuvo en una prudente aproximación al partido del gobernador y en contra del obispo Quevedo que defendió abiertamente a Balboa. Este enfrentamiento personal fue hábilmente aprovechado por Pizarro para conseguir que Pedrarias le otorgase permiso y medios para emprender la ambicionada expedición hacia el sur, en busca del reino del Birú —o Perú—, como ya comenzaban a denominarse las desconocidas y ambicionadas tierras que ocultaba el océano, que había sido deseo y proyecto ya expresado por Vasco Núñez. Para ello, Pizarro se puso en contacto con su amigo y compañero Diego de Almagro y con el clérigo Hernando de Luque para llevar a cabo la empresa.

La vida de los españoles en la Antigua languidecía con la creciente despoblación de la ciudad; en cambio, más al norte, Acla (Panamá) y Nombre de Dios, situadas sobre el istmo, en puntos de más fácil acceso, florecían como futuras capitales de la gobernación; por ello, la primera tentativa de acercamiento al Perú partiría de Acla (1524) enfilando hacia las costas occidentales de la actual Colombia en una desafortunada navegación y exploración que puso en serio peligro la vida de los pocos españoles que participaron en ella. Los cronistas narran con lujo de detalles las penalidades y enfrentamiento de los españoles; la secuencia de la isla del Gallo, las críticas que recibió Francisco Pizarro por su comportamiento autoritario y desabrido, el regreso de Almagro a Panamá para solicitar urgentes socorros, quien había perdido un ojo y varios dedos en los sangrientos enfrentamientos con los indios. Pero todos recordaban la espléndida vision de la ciudad de Tumbez donde se manifestaba la riqueza de aquel imperio.

Finalmente, Pizarro también emprendió el regreso y desde Panamá se embarcó hacia España en busca de medios económicos, de gentes que estuvieran dispuestas a secundarle y de capitulaciones para conseguir la conquista de Nueva Castilla, como él mismo denominó al territorio a ocupar.

En Enero de 1530 regresaba de nuevo a las Indias, pero ahora acompañado de sus hermanos Hernando, Juan, Gonzalo y Martín de Alcántara que serían sus lugartenientes y mejores colaboradores de la empresa. También había obtenido las correspondientes licencias del Consejo de las Indias y las capitulaciones firmadas en Toledo el 26 de junio de 1529. En estas capitulaciones se le nombraba adelantado mayor, gobernador y capitán general del desconocido Perú, hasta 200 millas al sur de Chincha. A Hernando de Luque se le nombraba Obispo de Tumbez, obispado del que no llegó a tomar posesión, y protector de los indios con las correspondientes rentas y beneficios, pero, inexplicablemente, a Diego de Almagro ni siquiera se le citaba en el documento, lo que provocó las airadas protestas del interesado y un primer enfrentamiento verbal con Hernando Pizarro, de carácter áspero y orgulloso, que marcó ya las relaciones de ambos en adelante y su trágico final. Francisco intervendría para apaciguar la reyerta, prometiendo a Almagro el nombramiento para futuras gobernaciones en la inmensa tierra por descubrir.

Desde Panamá, donde se proveería de barcos, bastimentos y tripulaciones, se dirigió Pizarro hacia el sur, el 27 de diciembre de 1530, en busca de Tumbez. Serias averías y dificultades de los barcos obligaron a los expedicionarios a desembarcar en una bahía que llamaron San Mateo, siguiendo a pie la penetración en el país, hasta Coaque y Tumbez, ciudades de gran importancia donde se consiguió un enorme botín de oro, plata y esmeraldas de gran tamaño, que los españoles, en su ignorancia, destrozaron sobre un yunque para comprobar su dureza, que se envió a Panamá en dos naves para ir pagando las deudas contraidas. La exploración se hizo cada vez más difícil, extrañas enfermedades, horribles verrugas y terribles sintonías de males desconocidos, iban diezmando las fuerzas de los españoles. En 1531 se llegó finalmente a la amable comarca de Piura, donde al año siguiente se fundaría la ciudad de San Miguel para repoblar la zona del altiplano.

Siguiendo los estrechos valles de la cordillera, el 15 de noviembre de 1532, llegaron los expedicionarios al valle de Cajamarca, donde tubo lugar el primer y definitivo encuentro con el gran Inca Atahualpa (Atabalipa) y con su ejército de 10.000 indios, con el que terminaba de conquistar la última provincia del Tahuantinsuyo (Imperio Quechua) a su hermano Huáscar Capac, a quien, al parecer, mantenía prisionero.

Fray Vicente Valverde, que había acompañado a Pizarro a lo largo de toda la aventura peruana, se adelantó hacia Atahualpa con un breviario en las manos; el emperador Inca se presentó ante los Españoles literalmente cubierto de oro, con grandes adornos de plumas multicolores y la borla roja, símbolo de su autoridad, sobre unas andas de oro macizo portadas a hombros por muchos indios. El dominico leyó ante la nutrida comitiva el requerimiento que había redactado el Dr. Palacios Rubio y que la junta de Burgos (1512) había decretado como trámite obligatorio antes de emprender cualquier acción contra los indígenas. Por el se instaba a Atahualpa a someterse a la autoridad de los reyes de Castilla, que habían recibido del Papa la potestad sobre aquellas tierras y gentes, y, en su nombre, que reconociera la autoridad del adelantado y gobernador allí presente. Después le hizo varias recomendaciones para que también aceptase y se sometiese a la doctrina de la Santa Iglesia Católica y cumpliese los mandamientos contenidos en esta doctrina.

Todas aquellas largas parrafadas eran traducidas a la lengua quechua por un tal Felipillo que la conocía a medias y que fue uno de los más siniestros personajes de la tragedia que tendría lugar poco después. Atahualpa se mostró irritado e impaciente exigiendo de los españoles que devolviesen a sus subditos lo que habían robado y saqueado durante todo el camino. Pidió el breviario al padre Valverde y lo tiró con desprecio sobre la multitud de Indios, lo que provoco la histeria del Fraile que comenzó a dar grandes voces a los soldados para que arremetiesen contra aquel hereje blasfemo que había osado pisotear el libro sagrado. La acometida fue rápida y contundente; los soldados, que habían sido distribuidos estratégicamente por Pizarro y sus hermanos, se lanzaron a caballo sobre la masa de Indios acuchillando y alanceando a cuantos podían y en unos momentos habían rodeado Atahaulpa matando a sus criados y porteadores. El propio Pizarro asió al emperador Inca por sus ropas y plumajes y lo derribo en el suelo; viendo esto, la masa de Indios se aterrorizo y comenzó a huir a la desbandada mientras los Españoles seguian acuchillandoles y provocando una enorme mortalidad.

El Imperio Inca, el Tahuantinsuyo resquebrajados ya por la larga guerra civil entre Atahualpa y su hermano Huascar, termino de hundirse en Cajamarca. El botín atrapado por los Españoles en el mismo campo de batalla fue enorme, saqueando las tiendas de los generales Quechuas y retirando de los numerosísimos cadáveres los adornos y joyas que llevaban.

Pizarro trató en principio consideradamente a su imperial prisionero, intentando un pacto que beneficiara a Indios y Españoles y no terminase de destruir la estructura política de aquel inmenso país. En este ambiente, Atahualpa ofreció como rescate la cantidad de cacharros y vasijas de oro y plata que colmasen la habitación en que estaba encadenado, hasta una marca en la pared muy cercana al techo. Se aisló al prisionero, no permitiendo su comunicación con los indios; pero, aún así se supo entre los soldados que varios gerifaltes incas estaban reagrupando las fuerzas en distintas provincias para emprender la contraofensiva.

El Gran Inca tranquilizaba a Pizarro y sus huestes, y para confirmarlo extendió salvoconductos (quipus) para que los mismos españoles fueran a los cuatro puntos de Imperio a comprobar como se estaban recaudando las riquezas destinadas a cubrir su rescate. Efectivamente, Hernando de Soto, Pedro del Barco, Hernando Pizarro, Gonzalo y Juan Pizarro y otros españoles marcharon hacia Pachacamac, al Quitú, a Rímac y a Cuzo, santuarios incaicos de donde se había ordenado llevar los trofeos de oro hacia Cajamarca; los propios indios les llevaban tumbados en hamacas para que no se cansaran con tan dilatados viajes.

Pero Felipillo, – que deseaba para sí una de las esposas de Atahualpa-, comenzó a mal informar a Pizarro de que Atahualpa tenía en ciernes una gran rebelión que acabaría por asesinar a todos los españoles. Inventó mil patrañas sobre conversaciones de indios que nadie entendía más que él, atribuyendo a Atahualpa una orden de matar a su hermano Huascar que todos los españoles tomaron como motivo para enjuiciar al desdichado Emperador.

El rescate fue pagado amontonando una ingente cantidad de platos de oro, vajillas de plata, vasos y cántaras de los mismos metales, hasta conseguir un valor global de 15 millones y medio de pesos de oro. Pero ello no evitó que el prisionero fuera sometido a un juicio sumarísimo, en el que las declaraciones de los testigos eran traducidas por Felipillo que las amañó de tal suerte que la culpabilidad era incontrovertible.

La condena fue que Atahualpa debería morir en la hoguera; pero el Padre Valverde, que no era de los firmantes de la sentencia, pero tampoco se opuso a ella, – como sí lo harían enérgicamente Hernando de Soto y Pedro del Barco, que la consideraron injusta-, se apiadó del reo y le ofreció bautizarle y cambiar la condena por la de la horca. Pizarro decidió no dilatar su ejecución, y Atahualpa fue ahogado sobre un palo o rollo clavado en la tierra (29 de agosto de 1533).

Este trágico final del Emperador Inca ha sido siempre uno de los actos más denostados y reprobados por los autores-, incluso por los mismos cronistas-, incluso por los mismos cronistas-, pues cubría de sombras la conquista del Perú, al igual que ocurrió en la Nueva España con la ejecución de Cuahutémoc por parte del conquistador Hernán Cortés.

El resto de la empresa fue ya mucho más fácil, aunque los españoles aún hubieron de enfrentarse a rebeliones parciales en los confines del Imperio, o a la sublevación de Manco Cápac, pocos años después, que sería también reprimida sangrientamente.

Al llegar a la capital, Cuzco, Pizarro nombró Inca al ya citado Manco Cápac, hermano de Atahualpa, y tomó posesión de la ciudad como centro de su gobernación. Desde ella se emprenderían expediciones de exploración y conquista del resto del territorio; Almagro, Belalcázar, Pedro de Alvarado-, que llega de México para iniciar una nueva conquista-, Valdivia, Gonzalo Pizarro, etc. todos los capitanes que recibieron parte del tesoro de Atahualpa sienten acrecentada su ambición para acumular más oro y riquezas o gobernaciones más dilatadas.

Con el fin de cumplir lo estipulado en la Capitulación, Pizarro envió inmediatamente a su hermano Hernando con el quinto real que correspondía a la corona de las riquezas rescatadas en la operación. Hernando marcha a Panamá y se embarca hacia Castilla con una cantidad de 100 marcos de oro y otros 100 de plata para entregarlos al Emperador, y de paso relatar ante el Consejo de las Indias los avatares de esta nueva conquista. Carlos I se siente complacido por ello y concede a Pizarro el hábito de la Orden de Santiago y el Título de Marqués. Entre tanto, el Adelantadomarcha hacia Jauja para escoger algún lugar donde fundar una nueva ciudad que fuera capital de su gobernación, y entre los varios lugares que se ofrecían determinó que fuera en la confluencia de los hermosos valles de Pachacámac y el del río Rímac, muy próxima al océano, aunque no en la costa, llamándola Ciudad de los Reyes por haber sido fundada el día de los Reyes por haber sido fundada el día de los Reyes Magos de 1534, aunque más tarde triunfaría la versión castellanizada de Rímac (Lima) para designarla. Al año siguiente bajó al valle del Chimo y fundó la ciudad de Trujillo (1535); luego marcharía a Cuzco para evitar que Almagro se apoderase de la ciudad, convenciéndole para que marchase hacia el fabuloso reino de Chili que entraba dentro de su gobernación. La expedición fue un auténtico fracaso y entre la mortandad de indios y españoles se contó al desdichado indio Felipillo que Almagro mandó descuartizar por soliviantar a los naturales contra los españoles.

El regreso de Diego de Almagro, de salentado y con deseos de venganza contra los Pizarro, coincide con la rebelión general de los quechuas bajo el mando de su nuevo Inca Manco Cápac, quien ordenó prender fuego a la ciudad; pero los españoles, dirigidos por Hernando y Juan Pizarro salieron contra los sitiadores, tomaron la fortaleza de Sacksahuaman y lograron ahuyentar a la indiada, que fracasaría también en el cerco de Lima. Por estas fechas, además se creaba la diócesis de Cuzco y se nombraba a fray Vicente Valverde, incondicional compañero de Francisco Pizarro, para ser su primer Obispo.

Cuzco se con virtió en la manzana de la discordia entre ambos socios de la empresa conquistadora. Almagro, entendiendo que la capital imperial entraba dentro de su jurisdicción, la tomó con sus soldados de Chile y puso grilletes a Gonzalo y a Juan Pizarro, que la acababan de defender de los indios. Pizarro intentó un arreglo pacífico, como ya se había hecho otras veces, pero su hermano Hernando, que sentía un odio vivaz contra el Adelantado de Chile, atacó a las tropas de Este, mandadas por el capital Ordogáñez y las derrotó de manera contundente; caídos en su poder el Adelantado y su capitán, Hernando Pizarro no dudó en condenarles por traición y mandar ajusticiarlos inmediatamente, incluso en contra de los deseos de su hermano.

La muerte de los cabecillas de Los de Chile no libró al resto de los partidarios de Almagro de ser penados con la pérdida de sus posesiones y repartimientos en el Perú, que pasaron a engrosar las enormes encomiendas de los pizarristas. Por otra parte, el Marqués gobernador decidió controlar mejor su extenso dominio enviando a su hermano Gonzalo a gobernar en Quito, a Francisco de Orellana a la zona de Guayaquil, a Pedro de Valdivia a la lejana Chile, etc. pero la crisis iba a saltar desde dentro.

El hijo mestizo de Almagro, llamado igualmente Diego de Almagro El Mozo, comenzó a preparar un amplio complot en la propia Lima para atrapar al Márqués en su propio palacio y matarle; hecho que tuvo su culminación el 30 de junio de 1541, después de una brava pelea en la que Francisco Pizarro,- a pesar de sus 65 años-, lograría herir a varios de sus enemigos, antes de caer a tierra acuchillado y hacer una cruz con su sangre para besarla. Junto al Gobernador y Capitán General moriría también su hermanastro menor Francisco Martín de Alcántara y cuatro de sus pajes. Poco después de su muerte, el poderoso y rico Adelantado Mayor del Perú sería enterrado pobremente y sin ninguna ceremonia por su criado y fiel servidor Juan de Barberán, junto al cadáver de su hermano.

La muerte de Pizarro no hizo sino avivar la Guerra Civil peruana que duraría hasta 1548, como una enorme tragedia que acabaría tragando a las personalidades más destacadas de la conquista. Carlos I ya había nombrado en 1540 a un nuevo Gobernador con poderes especiales para que pusiera orden en tan inquieta provincia, al Licenciado Vaca de Castro, pero al llegar éste al Perú le dieron la noticia del asesinato del Marqués y la rebelión de Almagro El Mozo. En la batalla de Chupas, Vaca de Castro venció a los almagristas y mandó ejecutar al desventurado Almagro; pero nuevos y graves problemas habrían aún de entorpecer el normal poblamiento y desarrollo de aquellas ricas provincias.

La figura de Francisco Pizarro ha sido una de las más alabadas y de las más denostadas por los cronistas y por los historiadores que han tratado de sus hazañas. De entre los numerosísimos narradores que le acompañaron o que relataron sus proezas, Fernández de Oviedo mostró siempre una especial inquina contra “la secta pizarreña” de la que deseaba su exterminio, “como Castilla lo ha menester”; los demás, aunque exaltan las cualidades del Conquistador, no dejan por ello de describir con detalle las crueldades que se cometieron.

A su muerte dejó Francisco Pizarro un hijo y una hija habidos de su relación con la princesa Inca Doña Inés Yupanqui Huaylas, hija del gran Inca Huayna Cápac y hermana de Atahualpa y de Manco Cápac. El pequeño murió de niño y la hija, Francisca Pizarro Yupanqui (Jauja, 1534), quedó como heredera universal de su inmensa fortuna. Aunque su tío Gonzalo la pretendió en matrimonio, cuando en 1552, llegó la joven mestiza a Sevilla, aún no se había casado, trasladándose a Trujillo donde su familia tenía el mayorazgo de la Zarza (Conquista de la Sierra).

Texto: José Antonio Ramos Rubio

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